Cuando el arte fue lo único que tenía | Historia de Petra y Lola
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Hubo un momento en mi vida en el que todo cambió.
Antes de la pandemia llevaba una vida profesional que muchos podrían considerar exitosa. Tenía estabilidad, trabajo y una estructura que parecía firme. Sin embargo, ya venía atravesando cambios personales y, cuando llegó la pandemia, todo terminó de reordenarse de una forma que no esperaba.
Desde afuera, algunos dirán que fue un cambio para mal. Desde adentro, fue profundamente transformador.
En medio de lo difícil, hubo algo maravilloso: pude estar de verdad con mis hijos, con mi esposo y con mi familia. Vivir la casa, las conversaciones largas, lo cotidiano. Ese tiempo juntos fue un regalo inmenso. Al mismo tiempo, mi vida profesional se detuvo como la conocía hasta entonces, y yo dejé de generar ingresos de la manera en que estaba acostumbrada.
Llegó la Navidad y yo, que siempre había sido de dar regalos lindos, pensados e incluso costosos, me encontré en una etapa distinta. Tenía ahorros, tenía el apoyo de mi esposo, pero también tenía una necesidad muy clara: volver a crear, volver a aportar desde lo que soy.
Lo único que tenía verdaderamente a mano era mi arte. Ese que me había acompañado desde niña y que, con los años, había quedado guardado porque la “vida real” exigía otras prioridades. Dibujar siempre había estado ahí, en silencio, esperando. Ese dibujo en particular, la mitad del rostro de una empollerada, lo llevaba conmigo desde pequeña. No era nuevo. Simplemente estaba esperando su momento.

En ese tiempo recordé a mi profesor del colegio, Stanley Bonilla, quien me ayudó a valorar el dibujo no solo como un pasatiempo, sino como una forma de expresión. Recordé también a mi mamá, que durante mi infancia y adolescencia me obligó a aprender cosas que entonces me parecían molestas: coser, bordar, hacer con las manos. Con el tiempo, entendí que esas enseñanzas eran un regalo.
Con calma y con lo que tenía, compré telas, pinturas y pinceles. No había un plan, ni una estrategia, ni una idea clara de negocio. Solo había fe. Pinté una a una las bolsas en casa, con mis manos, con tiempo y con cuidado. No quedaron perfectas. Hacía mucho que no dibujaba y mis trazos estaban inseguros, mis manos oxidadas. Aun así, eran reales.

Hice pulseras, cosmetiqueras y bolsas. Las envolví con cuidado y las regalé con el corazón en la mano.
Y pasó algo que todavía me emociona recordar.
En esa Navidad, en medio del amor familiar, todas quedaron encantadas. No por la perfección, sino por el detalle. Por lo hecho a mano. Por lo que se sentía. Días después me pidieron más, para regalar a amigas y familiares. Y sin darme cuenta, Dios hizo de un gesto sencillo algo mucho más grande.

Durante la pandemia, Petra y Lola nació así: no desde un plan de negocios, no desde una estrategia, sino desde la necesidad de crear, la fe y el amor. Fue una forma de volver a poner mis manos, mi tiempo y mi corazón al servicio de algo propio, en una etapa completamente distinta de mi vida.
Petra y Lola no es un nombre elegido al azar. Petra y Lola fueron mis abuelas, una por cada lado de mi familia. Mujeres distintas, historias distintas, pero unidas por algo que hoy entiendo mejor: la fuerza silenciosa de lo cotidiano, de aquello que se sostiene sin aplausos. Darles su nombre a este proyecto fue una forma de honrarlas y de reconocer que muchas de las cosas que hoy valoro: el trabajo hecho a mano, el cuidado por los detalles, la perseverancia; vienen de ellas, aunque en su momento no supiera ponerlo en palabras.
Yo no me considero diseñadora. Me considero una dibujante que plasma su arte en objetos, en ropa y en papelería. Mi proceso empieza dibujando, no pensando en un producto. Dibujo desde recuerdos, desde símbolos y desde historias que no siempre se dicen en voz alta. Desde mujeres que vinieron antes, como mi bisabuela Margarita, cuya imagen con una basquiña chiricana sigue viva en la memoria de mi familia.
Petra y Lola no busca ser perfecta. Es un proyecto vivo, con pausas, con tropiezos y con verdad. Y si hoy alguien elige uno de nuestros productos, no está comprando solo un objeto. Está llevando consigo una historia que nació en una etapa de cambio, sostenida por la fe, el amor familiar y la gracia de Dios.
Gracias por estar aquí.
Gracias por apoyar lo hecho con el alma.